“Nunca esperé la aprobación de nadie”: Violeta Isfel habla sobre ser madre soltera

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Con motivo del 10 de mayo, la actriz revela cómo decidió quedarse sola con su hijo y cómo rompió su fantasía de la familia "perfecta".

“Mi deseo por tener una familia se hizo más fuerte en ese momento”. Violeta Isfel siempre soñó con una familia ideal; la idea de “desear una familia con los hijitos, el perrito y la casita” fue un motor en su vida hasta que rompió los tabúes de sus propias expectativas y se convirtió en madre soltera de Omar, su hijo, a los 18 años.

Omar ahora tiene 16, un año más que cuando Violeta decidió salir de su casa y comenzar su propia familia. Y a pesar de no haber obtenido el hogar que siempre había soñado, Violeta sacó adelante a su hijo y formó un hogar de dos.

La educación amorosa pero muy estricta que recibió en su casa, la hicieron repensar la maternidad desde muy pequeña. Siempre fue su deseo poder comprender a su hijo de una manera más profunda y distinta a la de una madre que por la brecha generacional no pudiera hacerlo de la misma manera: “Yo quiero poder tener la energía que un bebé necesita y que la brecha generacional no fuera tan grande, yo quiero poder entenderlo”.

La joven madre no se arrepiente de su decisión. Omar la hizo crecer y lograr sus sueños. Ser madre soltera desafió su fuerza de voluntad y logró hacerla valorar cada paso que daba en su vida privada y su carrera profesional.

¿Puedes hablarme sobre la decisión de salir de tu casa a los 15 años?

Lo que sucedió en ese momento es que yo era una adolescente, y como adolescente sentí que podía comerme al mundo de una mordida y que como podía adaptarme a tantos cambios por ser tan joven, sentía que podía adaptarme a todo.

En casa mi mamá era muy disciplinada, impositiva en muchas cosas, y entonces, en algún punto de mi vida, el hecho de que me quisieran disciplinar implicaba que yo fuera la que hacía todo en la casa. En ese tiempo el papá de Omar y yo éramos novios y mis papás nunca lo quisieron, siempre les pareció terrible y yo estaba completamente enamorada.

Durante ese tiempo en mi casa yo hacía todo lo posible por poder ver a mi novio y mi mamá se inventaba tareas y cosas para que no pudiera verlo, lo que nos llevó a miles de pleitos y sombrerazos, y pues llegó un momento donde ya no me gustó.

En ese momento me pareció demasiado, porque ya sabes, adolescente de 15 años y pues le contaba todo mi noviecito; le decía que ya estaba harta y que todo estaba del nabo y pues él siguiéndome el cuento. Además mi deseo por tener una familia se hizo más fuerte en ese momento. Yo siento que exageré un montón, porque cuando me di cuenta ya me había metido en un tema mucho más complejo y grave.

Pero me sirvió la experiencia, si no hubiera vivido lo que viví nunca hubiera valorado a mis padres.

¿Qué diferencias ves entre la educación que tú le das a tu hijo y la educación que te dieron tus papás?

En primer lugar, sí soy un poco más dócil, mi mamá sí era una disciplinada sargento; sí puedo llegar a ser disciplinada, pero no soy la sargento. Yo vi un problema en mi hijo y corrimos a terapia. Mi mamá no estaba familiarizada con eso, pero yo no dejé que pasara un segundo, y mi mami, a lo mejor, nunca se dio cuenta de los problemas que yo tenía.

Yo nunca fui de posición económica alta, nunca lo he sido, y me frustraba mucho el hecho de querer vivir algunas cosas, por ejemplo yo aprendí a nadar en el programa El Gran Chapuzón porque cuando era chica, mis papás me dieron la opción o de aprender baile hawaiano o a nadar, y yo me decidí por el hawaiano, nunca aprendí a nadar.

Pero tampoco me educaron mal, hay cosas que le aprendí a mi mamá y que aplico con mi hijo. Por ejemplo el hecho de ser tan amorosa como lo fue mi mamá, tan luchona como mi mamá, buscar de una forma o de la otra como salir adelante, el terminar todo lo que empiezas, esa parte de la disciplina de mi mamá me ha servido un montón.

¿Cuáles han sido los retos más importantes que has enfrentado con la crianza de tu hijo?

Tomar la decisión de quedarme sola con él. Imagínate, yo venía de un idilio, de desear una familia con los hijitos, el perrito, la casita, etc. Y de este idilio extraño que me compré, porque nadie me lo impuso en mi casa, yo me lo compré, de pronto tomo la decisión de ser mamá e irme a vivir a casa de los suegros y me doy cuenta que cuando nace mi hijo nada de lo que está a mi alrededor es lo que yo quería para él.

Yo veía a un sobrino que decía tantas groserías como te puedas imaginar a los dos años, y eso era algo que mi hijo iba a aprender. Todo eso me hacía corto circuito, al punto de tener un miedo terrible y estar a punto de ser golpeada y que cuando me separé intentaron robárselo.

De las cosas más difíciles por las que he pasado ha sido vivir algo que ya me había dicho mi papá hace años: “A ver mijita, no eres ni la primera, ni serás la última madre soltera del mundo”.

¿A qué te refieres con ser una mamá de calidad y no de cantidad?

Mira, me puse a trabajar un montón, me quité muchos miedos, porque a mí me daba miedo hablarle a los productores para pedirles trabajo, me costaba mucho, los veía inalcanzables o como dioses; era un problema de autoestima severo. Acercarme a los jefes de reparto me causaba un temor horrible. Pero cuando me quedé sola con mi hijo yo entraba a las producciones: “¡hola, buenas tardes, mucho gusto!”. Las secretarias me odiaron porque me metía todos los días y les dejaba 20 mil fotos, iba a los castings aunque no me invitaban a ellos y así gané dos papeles.

Yo lo único que quería era demostrar que podía y eso implicaba un problema. Mi familia vivía en Estado de México y yo iba a San Ángel con frecuencia; Omar vivía con mis papás de lunes a viernes y yo lo veía solo los fines de semana. Yo pagaba un cuarto módico súper chiquito en la azotea de un edificio; el cuartito de servicio que tiene el baño afuera. Así empecé yo en México con una parrillita eléctrica y un closet como pude armarlo con lo que sea.

El monstruo de ser la peor mamá me alcanzó hasta que Omar tenía 6 años y me lo echaba en la cara muchas veces en una frustración terrible. En un concierto que tuve en Guadalajara mi papá me habló y me dijo que Omar aprendió a andar en bicicleta, yo me sentí terrible y empecé a llorar, horrible.

Hasta que una maestra me dijo una vez en uno de los conciertos de Atrévete a soñar en el Auditorio Nacional: “A ver mamacita ya estuvo bueno, si tú estás aquí es porque amas a ese niño, si no estuvieras aquí no habría ni bicicleta ni carrito, ni ropa, ni comida; te me quitas esa cara que traes encima y aunque no puedas ser la mamá de cantidad, podrás ser la mamá de calidad”, y punto.

Ahí, en es momento me cayó el 20 y cuando Omar me lo reclamó le dije eso: “Amor, no hay problema, si tú quieres yo me quedo aquí pero nos morimos de hambre, el cereal que te gusta no va a existir, pero me tienes aquí 24/7, me quedo todo el día contigo jugando y sacándonos los mocos, lo que quieras, pero no vas a poder ir a la escuela que te gusta ni ver a tus compañeros, porque no podré pagar nada” y cuando me preguntó “¿entonces por eso te vas?” entendí que la comunicación era muy importante y que mi hijo era muy inteligente. De ahí fui haciendo muy buen equipo con mi hijo.

¿Y cómo fuiste mejorando la relación con Omar?

A mí me agotaba terriblemente trabajar toda la semana: las entrevistas, las 200 fotos, los llamados, los meet and greet; acababa hecha una piltrafa. Y el domingo cuando no había tantos conciertos o funciones de teatro yo me inventé cosas para estar con él. Me dije: “Ni modo, vas a tener que inventarte algo extraordinario porque quiero que se acuerde de estas cosas y estos momentos que paso con él”.

Vivíamos al sur de la ciudad en la del Valle. Lo que hice fue comprar unas bicicletas, para él y para mí, y sobre el carril de bicicletas que construyeron por Radio Fórmula, con una bocina a todo volumen, nos íbamos cantando los temas de Frozen durante 8 km. hasta el teatro. Para Omar era la cosa más increíble que te puedas imaginar. Incluso bajo la lluvia y con impermeables. Primero daba una función en Foro Shakespeare y luego de ahí tomábamos la bicicleta otra vez y nos íbamos al NH y daba dos funciones de noche. En ese teatro, Omar tenía una camita y él se dormía mientras yo daba las funciones. Luego tomábamos la bicicleta de regreso a la casa. Salíamos desde la 8 de la mañana y regresábamos hasta las 10. Pero él era el más feliz.

Lo que hice con mi hijo fue eso, llenarlo de cosas divertidas y momentos maravillosos para poder ser la mamá de calidad y no la de cantidad. Por más cansada que estés, lo logras, sacas la fuerza de quién sabe donde. Ahora ya hay películas que puedo ver con él, otras series, es otra cosa.

¿Te ha costado trabajo encontrar una nueva pareja siendo madre soltera tan joven?

Antes no éramos apoyadas y éramos mal vistas. Como a los dos años de tener a Omar tuve un novio y cuando su mamá se dio cuenta que era mamá soltera se hizo un problemón. Me enfrentaba a que me juzgaran y que me hicieran menos. El clásico “esta lo único que quiere es que le mantengan al hijo”. No podían concebir que yo, a mis 20 años, solo quería tener una relación con alguien.

¿Qué les dirías a las mamás solteras para que venzan sus miedos y tabúes?

A mí lo que me sirvió es que tuve que darme cuenta que necesitaba ayuda, que no soy la heroína del mundo y puedo resolverme sola.

Tienes que cambiar tu visión de las cosas que creías que eran imposibles y a mí me ha fortalecido un montón, entender que la pauta la ponen tus hijos. Si lo haces por amor a ellos entendiendo que son humanos, nunca los menosprecies ni los des por hecho, ese niño mañana va a ser un adulto como tú, ¿que quieres enseñarle? El viaje puede ser tremendo, increíble. Hoy en día no conozco a una sola persona que me juzgue como madre soltera, al contrario. Pero solo me reafirman el hecho de que lo hice bien y ya, nunca esperé la aprobación de nadie más, eso les diría.