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Soy Ana de Alejandro, madre lesbiana de cuatro niños

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Una historia de activismo para que se reconozcan las decisiones de las madres lesbianas en México.

Adriana y yo comenzamos a vivir juntas en octubre de 2016, el día que dejé mi cepillo de dientes en su casa por primera vez. Ella es madre de dos hijos; Dorian y Derek, concebidos en el seno de una familia heterosexual. Yo sabía que le gustaban las chicas desde que era una niña, pero su familia esperaba que se casara y tuviera hijos. No se atrevió a llamarse a sí misma lesbiana hasta después de los 30.

Yo, en cambio, me acepté lesbiana casi al mismo tiempo que terminé mi licenciatura en artes. Me enamoré de la chica que había sido mi mejor amiga desde la prepa. Ella y yo nos casamos simbólicamente, con la luna de testigo, en 2003. Y como yo siempre quise tener hijos, en 2006 empezamos con el tratamiento de reproducción asistida. Pero no fue nada fácil, cuando concretamos la cita con el médico y vimos cuánto costaba nos fuimos para atrás, ni empeñando un riñón íbamos a poder pagarla.

Como buena regia, siempre quise tener una familia grande. Decidimos ahorrar todo un año para poder pagar el tratamiento. Hace 14 años este procedimiento médico era una novedad, casi una excentricidad; costaba lo que hoy equivale a una minivan súper equipada. Hoy existen organizaciones que te apoyan para iniciar este procedimiento y que sea más económico.

Ahorramos un año entero y cuando tuvimos el dinero decidimos intentar un método llamado ROPA (Recepción del Óvulo de la Pareja) y, como nuestro médico era muy receptivo y respaldaba nuestra causa, propuso la inserción de embriones, tanto de Criseida —así se llama la otra mamá de mis hijos— como míos. Decidimos que yo sería la madre gestante y recibí dos embriones de ella y uno mío. Desde que llegué a casa, después del tratamiento, estuve 15 días en reposo con las piernas hacia arriba para que nada malo sucediera, pues mi embarazo fue de alto riesgo.

Visitamos al médico nuevamente y un saquito gestacional apareció en el ultrasonido, pero por más emocionada que estaba, deseaba que aparecieran los otros dos. Regresé a los diez días y apareció un segundo saquito, nunca apareció el tercero.

Decidir ser mamás lesbianas en ese tiempo nos generó un sin fin de dudas y curiosidades, así que comenzamos un blog para contar todo lo que nos pasaba cada semana . La mamá de mis hijos escribía todos los lunes, yo todos los miércoles y las dos juntas un artículo viernes. Mientras yo narraba cómo era cargar dos niños en mi cuerpo, ella compartía sus ideas sobre ser madre, aunque no estuviera gestando

En 2007 nos mudamos a Monterrey, donde estaban a punto de aprobar una ley que estipularía que el único tipo de familia legal era la conformada por un matrimonio heterosexual, y además debían estar casados para obtener el título de familia. Fue vetada por el gobernador después de aprobarse porque hicimos mucho ruido para que no pasara. Decidimos que estas cosas no podían volver a suceder y fundamos Comales, una red de apoyo a otras madres lesbianas.

En 2010, cuando se legalizó el matrimonio igualitario en la Ciudad de México, Criseida y yo nos casamos, ahora sí de forma legal y oficial. Pero eso no hizo que, frente a la ley, ella también fuera madre de los niños; legalmente nuestros hijos solo eran míos. Todo el mundo recomendó la adopción, pero a nosotras nos pareció demasiado discriminatoria la idea de pasar por el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) y demostrar que Criseida era una mujer psicológicamente capaz y económicamente sustentable para obtener el derecho a ser madre, y más cuando nuestros hijos ya tenían 4 años de edad. Sabíamos que eso no pasaba con las familias heterosexuales; cuando un hombre se presenta en el registro y dice ser el padre del niño, no cuestionan su legitimidad.

Junto con Alehlí Ordoñez, una abogada especializada en derechos humanos de la población LGBTTTI+ en México, decidimos formar un litigio estratégico para buscar más casos como el nuestro. Para eso, necesitábamos de una comunidad de testimonios. Fue entonces que en octubre de 2012 fundé la Red de Madres Lesbianas en México . Desde su origen ha sido un espacio para transformar la vida de cientos de familias lesbomaternales.

Cuando inició, la Red apenas contaba con 30 miembras. El día de hoy son más de 3,000 personas lesbianas, bisexuales y trans de toda la república mexicana. Como fundadora y administradora de la Red de Madres, me ha tocado acompañar a muchísimas parejas en sus procesos de ejercer el derecho al matrimonio igualitario, registrar o reconocer a sus hijos e hijas, elegir qué método de reproducción utilizar, apoyar en pláticas con las escuelas y las familias acerca de la diversidad sexual y las maternidades lésbicas.

En 2013, Diego y Santiago fueron los primeros niños en lograr el reconocimiento de hijos de madres lesbianas en México. Aproximadamente 23 niños más fueron registrados en esa ocasión, aunque nos faltaban muchísimos. Pero nada es fácil en la carrera por los derechos humanos, en el momento de registrar a nuestros hijos, ellos solo llevaban mi apellido “de Alejandro”, así que cuando nos topamos con el registrador, el hombre levantó la cabeza y nos preguntó “¿Pero quién es la mamá, mamá?”, a lo cual le respondimos casi al unísono: “Las dos somos madres”. Él siguió preguntando: “Pero, ¿quién es la mamá, mamá?, ¿quién los tuvo?”, a lo cual yo le respondí en un tono un algo molesto “Ah, ¿usted pregunta quién es la mamá gestante?, pues soy yo, señor”, y antes de poder decir algo más, me respondió: “Fíjese que entonces me puso mal los apellidos, porque la otra mamá entra en lugar del padre”. A mis hijos no les iban a cambiar el orden de los apellidos por una concepción tan ridícula como esa.

Solo para poder obtener el derecho a decidir el orden de apellidos, tuvimos que organizar un conversatorio con CDHDF (Comisión de Derechos Humanos de la Ciudad de México), CONAPRED (Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación), COPRED (Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación en la Ciudad de México), académicos, diputados y sociedad civil. La conclusión: la iniciativa de tener la libertad de orden de apellidos era una buena idea.

Aún así, hoy les siguen poniendo peros a las madres que quieran registrar a sus hijos. A ningún señor se le pone pero, a una pareja heterosexual no les ponen peros; a una mujer sola o a dos madres les siguen poniendo todos los peros del mundo. En el caso de las familias de dos papás varones, el reglamento del registro civil dice que ellos pueden elegir el apellido de sus hijos por una cuestión muy sencilla: ninguno parió a la criatura, es evidente que uno de ellos lo tuvo que adoptar. En el caso de las lesbianas, la mujer que parió a los niños es la que elige el apellido, estaba escrito solo como “apellido materno”. Nuestra lucha fue para que se nos reconociera ambas como madres; las dos tenemos el derecho de elegir el orden de los apellidos de nuestros hijos. Ser activista es una pelea constante por lograr que se interpreten nuestras propias decisiones.

Años más tarde, Criseida y yo tomamos rumbos diferentes. Hoy, en Ciudad de México, mi familia es junto a Adriana, Dorian, Dereck y Diego; Santiago vive con su mamá en Estados Unidos. Adriana y yo nos esforzamos todos los días por que nuestros hijos crezcan con la idea de defender sus ideales y derechos, que tienen una voz y que puede ser escuchada. Ella y yo llevamos una relación muy bonita, muy divertida, y tratamos de compartir eso con nuestros hijos y con la gente cercana a nosotras.

Adriana y yo hemos recorrido un camino en el que, muchas veces, tenemos que dar explicaciones para desmantelar la lógica impuesta en el mundo en el que nacimos. Por antonomasia, nuestras sociedades se rigen bajo el principio de la cismonogamoheteronormatividad, lo que quiere decir que al nacer, se considera que todas las personas son cisgénero, monógamas y heterosexuales. A nuestros hijos nunca les imponemos estas normas. Sabemos que sus gustos no rigen su orientación sexual; si nuestros hijos quieren pintarse las uñas, que se las pinten, y si quieren despintarlas, que se las despinten. Los regalos que regularmente les hacían cuando eran más pequeños incluían pelotas, tractores, cochecitos o armas. Nosotras proveíamos lo que hacía falta si ellos nos lo pedían.

Pero nuestros hijos no crecen en una burbuja donde solo están en contacto con otras familias lesbomaternales, son parte del mundo contemporáneo y todas sus experiencias cotidianas los ponen a hacer distinciones sobre su propia realidad. Con Diego y Santiago nunca hubo algún problema sobre el deseo o anhelo de una figura paterna. Para poder explicar ese tema a las personas que no conciben una realidad sin la figura masculina, yo siempre les pregunto “¿Tú extrañas ser la princesa de Rusia?” y como nadie sabe qué responder a eso, les contesto: “Obviamente no, no puedes extrañar algo que nunca has tenido, ¿cómo puedes extrañar a un padre si nunca has tenido esa figura en tu vida?”. Si nosotras recurrentemente les recordáramos ese tema y nos lamentáramos por la falta de una figura paterna para nuestros hijos, crearíamos un vacío en donde no lo hay. Dorian y Dereck, desde pequeños, saben que existen muchos tipos de familia. Además de un papá y una mamá, tienen una madrastra que los cuida, los adora y procura siempre su bienestar.

Ser el hijo de dos madres lesbianas representa mucho más que retos. En las escuelas, los niños no han tenido casi ningún problema con sus compañeros, al contrario, muchos niños y niñas les tienen la confianza para revelarles que ellos también son gays, lesbianas o bisexuales, algo que jamás se atreverían revelar a sus padres. Nuestros hijos también representan a otros niños, han sido los adultos los que mayores prejuicios han tenido. Vivimos microviolencias como que un padre de familia organice el cumpleaños de su hijo y el único que no recibió invitación fue nuestro hijo; profesores que han tratado de convencerlos con argumentos como “ustedes también tienen papá, todos los animalitos tienen un papá, ustedes seguro lo tienen también”.

Los niños aún son pequeños, pero a sus 13 y 9 años, respectivamente, tienen opiniones bien fundamentadas sobre lo que representa nuestra familia para ellos y la sociedad. Diego, por ejemplo, cree que ser uno mismo y hablar sobre nuestra familia no representa una valentía, sino un derecho porque “una familia es una familia”. Una analogía que siempre utiliza y que me maravilla es que percibe al mundo como una pared de colores a la cual los adultos y otras personas solo ven la pared de color gris. Algunos te darán el avión y te dirán que también ven la pared de colores, otros te dirán que no pueden verlos, pero hay personas como nosotros que sí los ven y los viven. Esperamos que el mundo que les dejemos sea mucho mejor que este, pero no tenemos duda que lo defenderán y que sus argumentos siempre estarán inspirados por el amor y la igualdad. Lo más importante que intentamos transmitir al mundo es que nuestras familias siempre han existido y merecemos no sólo visibilidad, sino también respeto para el pleno ejercicio de todos nuestros derechos humanos

*Este testimonio fue escrito con la ayuda del periodista Francisco Figueroa.