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El universo sí conspira a mi favor y fui a comprobarlo leyéndome la carta astral

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Desde los 10 años sé que que soy un Escorpión ascendente Leo, pero parece que los astros saben más de mí que yo de ellos.

¿Acaso estoy entrando a lo que llamaban “crisis de los treinta” cuando todavía era un niño?

En mi redacción, un grupo de editores y yo nos sometimos a la tarea de consultar un oráculo para recibir el 2020. Después de plantear hacerme una limpia con algún brujo en Xochimilco, decidí que era mejor la lectura de mi carta astral. Expresiones como “mercurio retrógrado” no son nada nuevas para mí. Desde los 10 años sé que que soy un Escorpión y mi ascendente es Leo .

Hace un par de años, gracias a una crisis laboral (estuve desempleado casi 6 meses) comencé a leer mi horóscopo aleatoriamente –una consolación para reafirmar la idea que en algún momento iba a salir del hoyo en el que me encontraba–. Me da pena aceptarlo, pero los pronósticos han sido tan precisos que se ha vuelto un hábito y de vez en cuando, antes de iniciar mi día, entro a Google para escuchar las recomendaciones de los astros .

La expresión “El universo conspira a tu favor” nunca me había hecho sentido, pero ahora, cada vez que tengo oportunidad, la uso de forma sarcástica en mis conversaciones, y mientras todos reímos, yo por dentro sí creo en la conspiración universal.

Además, cuando era pequeño y en casa las cosas se ponían difíciles o tardaban mucho en resolverse, mi mamá, después de repetirse a sí misma en voz alta que todo era karma, se escabullía en sus archivos espirituales y encontraba “las verdaderas razones del problema” en las conjeturas astrales. Para escribir esta crónica justamente decidí ir con la astróloga personal de mi mamá; la conocía de toda la vida, pero nunca había hablado directamente con ella.

Es extraño cuando los adultos de tu niñez se vuelven tus pares cuando creces y por fin les pones una cara. Nunca en mi vida me había dado cuenta que Tere tenía los ojos verdes. Me miró con ojos abiertos como si me fuera a dar un premio y me preguntó con una sonrisa: “Tú naciste un viernes, ¿sabías eso?, ¿sabes lo que significa nacer en viernes?”, lo negué con la cabeza. Mientras, me acercaba una hoja con un gran círculo dibujado, el cual contenía en el centro un cuerpo humano sosteniendo algo parecido a un sol con la mano derecha y una luna con la mano izquierda. Me abrumó ver la cantidad de símbolos, líneas y colores que giraban sobre el círculo.

“Cada día de la semana representa un planeta, y por la etimología en español, viernes corresponde a Venus, la diosa del amor”. No supe muy bien a qué conclusión iba a llegar, así que la dejé hablar. “Además naciste bajo el signo de Escorpión. Todos los escorpiones vienen a este mundo a buscar algo, vienen a encontrarse a sí mismos”, algo que me hizo mucho sentido, pues siempre me he considerado muy introspectivo. “Esta combinación de factores crea lo siguiente: tú vienes al mundo a buscar el amor, vienes a amar; tu pregunta personal más profunda es: ¿qué es el amor?”

Me quedé atónito y torcí la boca, no por desagrado, sino porque no supe qué decir. Después de unos segundos le pregunté: “¿A los demás?, ¿amar a los demás?”, soltó una carcajada. No pude creer que ese fuera mi objetivo en la vida. Y no solo eso, todo indicaba que se refería al amor romántico. Pero, al parecer, mi ascendente Leo (un perfeccionista) no me permitía desenvolverme en este campo, pues siempre estaba en busca de la pareja ideal; mis seis años de soltería me reafirmaron esta idea.

“¡Tienes un Sol precioso!”, señaló el signo de Escorpión y un circulito dorado que estaba encima de él; líneas verdes y azules lo atravesaban. “Estas líneas que ves sobre tu Sol son tu torta bajo el brazo, ¡y qué torta!”, ahora yo solté una carcajada. “Siempre, desde niño, aunque las cosas te salían mal, has sabido como volcarlas a tu favor”.

Dos horas más para describir mi personalidad completa y con mucho placer solo le encontré sentido, y el sentido fue completo porque Tere no mentía. O por lo menos, no sentí que mentía. Pero yo estaba muy ansioso por saber qué me deparaba el futuro. Los planetas no se habían equivocado en los últimos dos años y esa seguridad me hizo preguntarle a Tere: “¿Y el 2020?, ¿qué viene para 2020?”.

Se levantó de la mesa y fue a su recámara. Sacó un libro enorme, como una Sección Amarilla y lo abrió en una página ilegible. Cientos de números consecutivos se formaban en una letra endemoniadamente pequeña y comenzó a consultar aleatoriamente la carta astral y el libro. “Te espera un viaje próximo con tu familia”: correcto. “Tienes una buena relación con las personas en tu trabajo y seguirá habiéndola en los próximos meses”: también correcto. “¡Ah!, el amor está aquí, en enero, ten fe”. !Dale y duro con el amor!

Cuando salí de ahí, camino al trabajo, me di cuenta que en los últimos meses me había comenzado a sentir algo solo. La rutina de volver a una casa vacía comenzaba a sentirla pesada. Mis seis años de soltería me habían permitido reflexionar sobre mi vida amorosa después de haber pasado por una relación difícil. Pero desde hace tiempo ya me sentía listo para darle espacio a otra persona en mi vida.

¿Acaso este era el consuelo que los astros daban a mi mamá? Tal vez después de los 30 los planetas comienzan a hablarte; quizá ahí estaba el secreto.

Tal vez tienes que arrojarte al mundo y sentir todo el poder de la incertidumbre para que busques refugio en lo inexplicable. ¿Qué mejor que confiar en el misterio?, lo mismo pasa con el inconsciente cuando te sometes a terapia, no sabes la cantidad de enredos que tienes adentro y no reconoces que el inconsciente siempre ha sabido lo que más deseas. Al igual que el psicoanálisis, si el universo sigue siendo enorme y lleno de sorpresas, qué mejor que él para decirme todos los días en Google lo que debo esperar del futuro.