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¿Lectura de caracoles? Así fue cómo unas conchas marinas me hablaron de mi 2020

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Esta práctica adivinatoria está muy arraigada en México y en países en donde la santería está extendida. ¿De qué se trata?

Se nos pidió a un grupo de periodistas que escogiéramos algún tipo de oráculo o arte adivinatorio para aprovechar el fin de año y el cambio al 2020 y experimentar en carne propia cómo era eso de que te hablaran de los designios del destino.

Yo escogí -sin dudarlo un segundo- la lectura de caracoles. Ya me había leído un sin número de veces el tarot , visitado frecuentemente aquellas voces que traen consigo el mensaje de los ángeles, cargado con la luna todo tipo de cuarzos y de velas de colores y consultado de todas las formas posibles mi carta astral. A diferencia de los otros periodistas, mucho más escépticos e ingenuos en estas artes, yo era una experta en los menesteres de preguntar por mi futuro.

Al no ser mexicana la lectura de caracoles me sedujo de inmediato, no solo por ser una práctica de la que no había oído nunca –la única razón real por la que no la había consultado antes-, sino que me resultaba profundamente inquietante y exótico si quiera pensar que los vestigios vacíos de un molusco marino tuvieran el poder de revelarme algo sobre mi misma. Convencida como estoy de que es siempre nuestro propio inconsciente el que se revela en estas técnicas para decirnos cosas que ya sabemos pero que no sabemos oír, me dispuse a visitar a una reputada caracolera de la ciudad de México con total apertura.

La lectura de caracoles, a pesar de mi ignorancia, es una práctica muy arraigada en lugares en donde la santería y la religión yoruba está difundida. Brasil, Cuba, Haití, incluso Miami son lugares en donde esta tradición originaria de África Occidental se fue expandiendo debido a la diáspora que se dio por siglos de esclavitud y migración. Sin embargo, Leticia, la mujer que me recibió calurosamente en su casa, ubicada en una calle que -a manera no sé si de premonición- se llamaba el Mar de las Tempestades, me dejó saber prontamente que México ha sido también un centro importante para la santería.

Aunque a ella la inició un santero, después de vivir una extraña experiencia siendo médium, rápidamente me aclaró que lo que íbamos a hacer esa mañana no era propiamente la lectura de caracoles que un santero tradicional haría. De entrada sobre su mesa, cubierta por un templado paño verde, no se erigían 21 caracoles, el número máximo que suele ser usado en esta lectura. Había más de 30.

“Llevo 37 años en esta práctica, por aquí han pasado reputados políticos, hombres de negocio y primeras damas. Yo simplemente uso los caracoles como una manera para darle forma a las imágenes que veo de las personas”, sentenció ella dejando clara una diferencia no tan evidente para mi: “la metafísica es diferente al esoterismo”.

Como si se tratara de bellísimos dados creados en el fondo del mar, con su mano tomó todos los caracoles en un puñado y los dejó caerse aleatoriamente. Hizo esto una y otra vez, un acto que podía ser equiparable a barajar las cartas de un tarot o a sacudir las runas antes de hacerse el Iching. Finalmente tiró los caracoles que quedaron bellamente distendidos sobre el lienzo. ¿Cómo podía siquiera interpretarse semejante revoltijo de formas? “Esta eres tú”, me dijo señalando uno de los caracoles más prominente en tamaño, uno al que le revisó el interior que tenía un color violeta, que por alguna razón identificó conmigo.

Luego, como si fuera una experta en taxonomía, empezó a decirme qué era cada cosa que me rodeaba. Un pedazo de concha, incompleto, cuadrado, de esos que a veces traer el mar sin pedírselo, era ante sus ojos la representación de mi sexualidad. Luego vio a mis padres en dos caracoles tonos tierra y de tamañas parecidos (como si el matrimonio les hubiera unificado el volumen y el peso) y luego me señaló a mi pareja que dijo estaba distante. Distancia que yo salí rápidamente a explicar: “sí, es que está en España”, sin saber propiamente si ella se refería a la distancia física.

Me dio instrucciones claras de que tenía que estar más atenta a la concreción de mis sueños, conclusión que sacó cuando vio que la punta del caracol que me representaba se proyectaba hacia el vacío mientras justo a unos pocos centímetros más a su izquierda estaba un caracol que ella interpretaba como mi futuro económico.

De nuevo tiró las conchas y al ver una caracola que se posó cerca de mi, me dijo que yo iba a tener una hija, vaticinio ante el cual dejé salir toda mi incredulidad una vez que poco o nada he fantaseado con ser madre.

Leticia no me refutó, solo me dijo contundente: “Hay cosas que están dadas por destino, hay otras cosas que las puedes cambiar, que tú misma las creas. Pero, por ejemplo, todos nacemos como si fuéramos un producto del súpermercado al que le ponen un sello de vencimiento. Nosotros tenemos una fecha de caducidad que es inamovible. Las personas más importantes de tu vida también están predestinadas, lo otro es más resultado de las decisiones que tomamos”. Me dejó sin palabras.

En cada una de las tiradas, Leticia revisitó cada caracol muy a la manera del que lee el tarot y ve figuras arquetípicas o como el astrólogo que ve en la fotografía de las estrellas y los planetas una forma de entender tu carácter. En este arte hecho de arquetipos caracolezcos, en esta foto no tomada al cielo, sino a seres del fondo del mar, los designios no parecían alinearse mucho con mis deseos, con lo que yo quería oír. Entonces, algo en mi interior se reusó a creerle. Pero en ese estado de debate interno que estaba teniendo, y como si ella me hubiera oído, me asaltó de repente el recuerdo de una frase que, como advertencia, había leído sobre esta práctica antes de aventurarme a hacérmela: “El lector de caracoles tiene un compromiso con los Santos que es decir lo que Ellos dicen, ni lo que al lector le conviene decir, ni lo que al consultante le apetece escuchar”.

Salí de mi cita con toda la información para mi crónica periodística preguntándome, si como lo había explicado la propia Leticia, esta situación la había creado yo o era parte de mi destino saber la información inesperada que ella me había dado. Preguntándome si, después de todo, los Orishas sí se habían manifestado en esos caracoles que sabían más de mi inconsciente que lo que yo misma creía.