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Cuentos breves de amor: disfruta de estas conmovedoras historias de tus actores favoritos

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Angelique Boyer, Sebastián Rulli, Michelle Renaud y Polo Morín son los protagonistas de este especial de San Valentín.

Las estrellas de la televisión siempre han formado parte de la vida de los espectadores. Entran a sus casas y se quedan en sus corazones. Muchos de ellos se han enamorado de las historias que protagonizan y muchos otros los han tomado como amores platónicos, esperando algún día encontrarse con ellos en la calle o en algún centro comercial, mientras eligen una prenda de ropa.

A continuación, presentamos algunos cuentos de ficción cuyos protagonistas son Angelique Boyer , Sebastián Rulli , Michelle Renaud y Polo Morín . Estas estrellas se han robado el corazón de millones de personas y seguirán haciéndolo con estas historias.

Sebastián Rulli:

Ese poster me tenía harto. ¿Cómo era posible que mi tía y mi mamá tuvieran eso colgado en la cocina de la fonda? Según mi mamá era para atraer a más clientela, mientras que mi tía aseguraba que desde que lo habían puesto ahí, la comida les salía más sabrosa. Entonces las dos se echaban a reír sin control. “Bueno, ya deja de mosquear, vete a entregar estos pedidos”, me decían. Yo me enfurecía y les decía que ese pedazo de papel ya estaba todo deslavado, y que era evidente que la firma no era fidedigna, que Rulli no había firmado su póster él mismo, con sus propias manos. Creo que eran celos. “¿Por qué no colgaban uno así de mi papá o de mi tío?”, les pregunté un buen día. Sus carcajadas fueron más estruendosas que nunca. “Mijo, porque ni tu papá ni tu tío están como el Sebastián. No lo vas a comprender, es nuestro amor platónico”. Nunca volví a decirles nada más, me rendí. Así que me senté a comer una milanesa y, al terminármela, retoqué la firma falsa con un plumón. Si las señoras de la casa estaban felices, habría más flan para mí

Angelique Boyer:

Se sentó a mi lado, en la segunda fila del avión. Su cabellera rubia olía a vainilla y canela, como si hubiera entrado en una tienda de perfumes en Tolouse. Hablamos durante gran parte del vuelo, sin pretensiones. Luego me dormí un rato y cuando desperté, aproveché que ella seguía acurrucada para verla un poco más antes de que despertara. Cuando aterrizamos experimenté algo parecido a la nostalgia, y entonces lo supe: no quería separarme de ella todavía. Pero ella se esfumó mientras yo recogía mis maletas. ¡No la volvería a ver nunca más! Tres días después, mientras caminaba por una avenida principal de la Ciudad de México, sucedió lo inesperado; me la topé en un gigante espectacular que anunciaba el estreno de una telenovela: “Tres veces Ana”, rezaba el enorme cartel. Me quedé pasmado. La vi durante varios minutos y entonces supe que se llamaba Angelique Boyer y que era una estrella de la televisión mexicana. “¡Qué chica más guay!”, grité sin pudor. Todos se me quedaron viendo. Me fui de México ansioso de contarle mi historia a los amigos en nuestro barecito de Madrid. Mientras volaba de regreso, a 10 mil pies de altura, imaginé que se sentaba a mi lado otra vez. ¿Habrá sido la presión en la cabina?

Michelle Renaud:

¿Cómo le iba a decir a mi abuela que no me gustaban los galanes de televisión? No eran solo ellos, en realidad no me gustaba ningún hombre sobre la faz de la tierra. Entonces, cuando me iba a acurrucar a su cama por las noches para hacerle compañía y ella me decía que los viera, que mirara sus músculos, sus cabellos güeros o negros azabache y sus pieles tostadas, yo tenía que fingir. “Qué cuerpazos”, le decía con un tono burlón y me reía para mis adentros. De pronto, ella hacía su aparición. Una cara tan inocente que daba coraje. ¡Y esa cabellera perfecta! ¿Cómo podía tener esa sonrisa? Se veía tan bien que me daba miedo abrir la boca, quedarme embobada y así delatarme. Pero llegó el día en que no pude ocultarlo más, señalé a Michelle Renaud en la pantalla y le dije a la abuela: “Me gusta ella, me gusta esa mujer. Es mi crush”. Pero la abuela no entendió, solo asintió y me dijo: “sí está chulísima, ¿qué es ‘mi crosh’?”. Le expliqué, pero nunca comprendió, ni su significado ni que a ella le había confesado antes que a toda la familia quién era yo y que a mis 20 seguía teniendo amores platónicos de televisión. Porque, pensaba, en la vida real no había nada similar a Yamelí.

Polo Morín:

La primera vez que rocé la mano de Polo Morín pensé que mi imaginación y el cansancio me habían jugado una mala broma. “No puede ser él”. Un par de semanas después, lo volví a ver en la caja número 3. Ese día compró dos libros y una película. Fue hasta la tercera vez que lo vi que caí en cuenta de que sí era él, y que los ojazos verdes que veía todas las noches en la televisión correspondían a los del chico que yo había apodado “el Polo de la librería”. Ese día me quedé pasmada y no supe cómo reaccionar, así que cuando rozó mi mano sin querer, en la caja registradora, entorpecí por completo y tiré todas las monedas que tenía que devolverle. Me ayudó a recoger una por una y me sonrió como si yo fuera su amiga… o su novia. “Fue mi culpa”, me dijo. Entonces, sin que nadie me viera, deslicé un separador de libros que tomé y mientras él se decidía por una de las dos tazas que tenía en sus manos, le escribí un mensaje: “Te veo todas las noches. Y ahora te veo uno o dos jueves al mes. Gracias por evitar que renunciara”, y lo metí en medio de uno de los libros que Polo compró aquella noche.