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Órale, mi gente, píquenle, vámonos, que nos van a dar el mal. ¿y cuándo fue el grito de dolores?
¿el grito de dolores? Eso fue cuando le quemaron las patas a cuauhtémoc.
Pero no me confundas. Oye, ¿y dónde vivían los chichinacos?
La verdad, la verdad es que no se sabe. Algunos dicen que por el norte, otros dicen que por el sur, y otros aseguran que a tres cuadras del metro valderas.
¿a qué pasaremos la noche, queridos compañeros? Aquí está chido y, sobre todo, muy seguro.
Pero el betalotl tenía un enemigo. Hazte cuenta que era como, ahora verás, un hater.
Un hater, pero prehispánico. Y como no había redes sociales, pues la muina se les juntaba bien gachos sus emociones.
Se trataba de... El tlatuani gasparo postli.
Que náhuatl significa el que crece como enredadera. A lo puro, güey.
No le creo nada al betalotl. Me cae mal.
Ay, pues bloquealo y ya, ¿verdad? Ah, sí es cierto que todavía no existen los celulares, ¿verdad?
¿tú no crees eso de que se le apareció chacaltecutli? A ver, ¿por qué no se me apareció a mí?
No tengo mi diploma de tlatuani. Ay, ese diploma es igual de pirata que la bolsa de cocodrilo que me regaló edatl.
O sea, bueno, sí. Pero a mí me late que el betalotl solo nos quiere dar atole con el dedo.
Abre tu boca, silvetl. A ver, aquí está su atolito.
Hay muy poquito. Por eso se los estoy dando con el dedo.
Pero no vayan a pensar mal, ¿eh? ¡atención, pueblo!
¡atención! Oficialmente hago el anuncio de que no le creo nada a albertanotl.
No creo que se le haya aparecido chacaltecutli. Ni tampoco lo de la tierra prometida.
Pero sí hasta hicimos pinky promises. Sí, sí es cierto, todos.
Albertanotl siempre nos ha encantado. Fíjate, aquí el popote de bambú tiene razón, ¿eh?
¿a quién le vamos a creer? A ti ya no te podemos creer.
El calendario azteca que me vendiste el otro día, era chafatl. No se le entendía nada.
No es chafatl, es el calendario azteca del estadio azteca. A ver cuándo juega en la américa.
Sí, ajá, ajá, ajá. Y luego, y luego, cuando nos dijiste que dibujáramos caloglíficos allá en la cueva de álvaro.
¿eh? ¿eh?
¿eh? Y sí, casi nos lleva la policía, tl, por andar grafiteando las paredes.
Así de capital que lo lea y todo esto. Ay, es cierto, es cierto.
Los ánimos se caldearon. Porque ya casi no había caldo.
Más sin encambio, el gran albertanozzi, que además de puntas perfectas, tenía un noble corazón, convenció a todo el pueblo de que tenían que marcharse. Porque era el mandato de chacantecutli.
Y aparte, había una razón aún más poderosa. ¡ahí vienen los gandellaztlas!
¡otra vez a rompernos el hocico! ¡píquenle!
¡píquenle! Entonces, fue así que los chichinacos se lanzaron a buscar la tierra prometida.