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La gitana tenía razón: Me leyeron la mano y esto fue lo que aprendí sobre mi vida

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Al abrir mi palma frente a un quiromago, también se abrió mi vida. Esto fue lo que aprendí sobre mi existencia tras una lectura de mano.

Texto: jose García Dobarganes.

Caminaba con mi papá por Sevilla, íbamos hacia la plaza de toros. Pasó una gitana, tomó su mano y le abrió la palma: “Te vas a morir en manos de un imbécil”, mi padre, asustado, intentó alejarse de ella. “Sí no me das lo que traigas en los bolsillos, se hará realidad lo que te acabo de decir”. Él, supersticioso hasta la médula, sacó el primer billete que encontró y se lo entregó; eran 100 euros.

“¡Charlatanerías!”, dijo el quiromago Francisco Rodríguez , uno de los mejores lectores de mano del mundo, con varios libros publicados, cientos de alumnos y un repertorio de manos leídas que van desde políticos hasta celebridades del arte y la televisión española. “La mano no dice el futuro, no dice cuándo morirás ni cuánto vivirás. La mano es una ventana a la memoria, a lo vivido. El cerebro marca con impulsos nerviosos la historia de tu vida, tus manos dicen las opciones que tiene", dijo.

Allí, con mis palmas frente a sus ojos, se abrieron las memorias de mi vida. Una narración se hiló de manera fluida y sutil mientras interpretaba líneas y marcas. Mi vida pasó frente a mis ojos mientras sus palabras guiaban mi memoria. Como cuando los perros corrían ladrando y sus huellas se marcaban en la tierra, con la luz del sol atravesando el polvo cayendo sobre su pelo. Mi madre sentada en los escalones acariciaba al gato amarillo, mirando al chabacano, a los frijoles, al tejado de barro, a la puerta con plantas y a la mesa blanca. El Cannon de Pechelbel sonando en Barcelona y en Logroño. Viajes a Granada a Murcia y a Oviedo, noches en San Sebastián y el ruido del mar en Santander. El atardecer junto a mi padre y madre en el Puerto de Santa María, viendo, desde la casas blancas, como el sol se guardaba tras el mar. El recuerdo de los aplausos, de las monteras, de las banderillas, de los capotes, de las muletas y los trajes de torear.

Francisco vio cómo todo eso se esfumó de pronto. Líneas que marcan la tragedia; historias de decepción, pérdida y tristeza. "Tu vida cambió", dijo, y sus palabras se hicieron más suaves, como si quisieran consolarme, como si el quiromago pudiera sentir, a través de las grietas de mi palma, todo el dolor acumulado.

Un par de lágrimas inundaron mis ojos, con cada movimiento de su dedo sobre mi mano, sentía como iba tocando cada momento de mi historia. Todo se hizo palpable: la soledad de mi padre, la depresión de mi madre, la muerte de mi abuela, el abandono de mi familia, la destrucción de mi casa; el olvido de todo nuestro pasado en unas cajas polvosas en alguna bodega perdida en San Miguel de Allende. Los recuerdos que se perdieron y se murieron junto con todas nuestras mascotas y sueños.

“Y aquí tu línea de vida se rompe. El sufrimiento se detuvo. Algo te cimbró. Algo te cambió para siempre” ¿Será la muerte de mi padre?, ¿será mi crisis de salud mental?, ¿serán mis dos operaciones?. Me vio y me dijo: “Uno de esos o todos. Pero el sufrimiento paró, ya eres otro; ya eres libre. No dejes de ser honesto contigo mismo, eso es lo que te salvará".

Y así, el quiromago, resumió mis treinta años. Cerró mis palmas y se despidió. Sin dar espacio a preguntas y a interpretaciones. Dejándome ahí, reflexionando sobre mi vida. Pensando que tal vez ese era el mensaje, ese era el objetivo.

— Ah, José Manuel, una última pregunta —dijo antes de irse.
— Claro, dime.
— ¿Tu papá se suicidó?, ¿se dejó morir?
— Siempre lo he creído ¿por?
— Lo vi en tu mano, pero no lo sé. Piénsalo.



Tal vez la profecía de la gitana se hizo realidad. Mi papá, a sus 63 años, fue el imbécil que se mató a él mismo. Debe ser verdad, si mis manos lo dicen.