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"Somos la metáfora de lo posible": cuatro historias trans narradas con sus propias voces

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Una activista, un deportista, una artista y un poeta hablan sobre sus transiciones, evoluciones y cambios.

En sus propias voces, cuatro personas trans narran sus historias de vida, recuerdan sus transiciones y, desde sus trincheras, cuentan los porqués de sus luchas individuales y colectivas contra los prejuicios y estigmas. Jessica Marjane, Ricardo del Real Oly, Luisa Almaguer y Daniel Nizcub luchan por construir un mundo más habitable para las personas trans ; auténticos hogares. Estos testimonios son un espejo de la diversidad sexual y de las diferentes formas que existen de caminar en ella y habitarla.

Jessica Marjane

Activista trans, coordinadora de la Red de Juventudes Trans en México

En mi infancia descubrí dos cosas: que era una persona con identidad no normativa y que la desobediencia sería mi mejor aliada. Hablo de la desobediencia como un acto político que me llevó a rechazar lo socialmente impuesto. Ni mis profesores ni los adultos lograron “corregir o intimidar” a la niña trans de piel oscura y con un cuerpo no normativo, incómodo para los espacios que exigían cuerpos definidos a partir de un modelo blanco y heterosexual. Ante esas imposiciones corrosivas, la desobediencia me sirvió para encontrar mi identidad.

Cuando me pedían que me sentara como hombre, que hablara como hombre, que me vistiera como hombre, yo respondía con rebeldía: “Esas son expectativas de los adultos, no las mías”, pensaba. Mientras tanto, a mi mamá le decían: “Señora, hable con su hijo, es homosexual y eso puede traerle muchos problemas. Está a tiempo de corregirlo”. Sin embargo, mi familia no cedió, y aunque no lo entendieran del todo, me hicieron saber que siempre contaría con ellxs.

Intentaron imponerme la idea de que el mundo de los adultos es el que tiene las verdades y las certezas. Eso se traducía en que ellos veían (y ven) a las infancias y adolescencias desde la tutela y no desde el acompañamiento. Un caso aparte fue mi abuela, quien me acompañó cuando salí del clóset, a los quince años, dejándome claro que no me iba a querer menos: lo importante era ser fiel a mi esencia y no avergonzarme de lo que era. ¿Cómo lo hizo? Con empatía, poniendo mi voz y mis sentires en el centro de todo. No hubo regaños ni correcciones.

En las calles fue distinto; la falta de redes de apoyo sembró algo en mí. Entendí que aún falta mucho por hacer para que las personas trans no seamos expulsadas de nuestras casas, violentadas en los espacios públicos y para que tengamos acceso a derechos y libertades. Así que me fijé la meta de construir una utopía: un mundo más habitable para las personas trans. Un verdadero hogar, un espacio donde no importa si alguien tiene barba, si usan hormonas o no. Porque nuestra identidad no sea motivo de vergüenza, persecución o clandestinidad.

Por eso, en 2014, fundé la Red de Juventudes Trans en México , un espacio en el que los jóvenes pueden ser escuchados, crear redes afectivas y de acción directa. Desde ahí enviamos un contundente mensaje al Estado: nuestras vidas no son desechables, pues no sirve de nada que perciban a las infancias, adolescencias y juventudes como el futuro del país cuando en el presente no visibilizan los obstáculos que tenemos. Todavía no hay un reconocimiento de la identidad de género antes de los 18 años, no existen programas de educación integral en las escuelas para ayudar a comprender que el respeto y la no discriminación debe existir en todos los espacios y todos los días.

Seguiremos exigiendo la apertura de más espacios de trabajo democratizados, con mejores condiciones y con políticas de igualdad e inclusión sustantiva. Siempre hemos existido y resistido. Es hora de luchar colectivamente para posicionar a las personas trans en la vida pública. Para que seamos abogadxs, maestrxs, doctorxs o lo que soñemos. Es hora de que se haga justicia por toda la memoria de quienes nos han arrebatado. Que seamos libres. Que de nuestras heridas crezcan semillas y florezcamos. Porque las personas trans somos la metáfora de lo posible.

Ricardo del Real Oly

Medallista, deportista olímpico mexicano y miembro del Comité Olímpico Mexicano

Siempre fui “enclosetado”. Yo ni siquiera sabía que transicionar era posible, al menos no en un país como México. Había mucha información para mujeres trans pero poquísima para los hombres. Eso impidió que gritara a los cuatro vientos que me sentía identificado con otro género. Me tomó muchos años reunir los elementos necesarios para hacer una transición responsable, algo que pasó apenas hace unos años. Soy un bebé de tres años.

Pero desde hace mucho tiempo atrás, en la década de los noventa, yo ya sabía que no era Mónica del Real, sino Ricardo. Como Mónica me convertí en la primera taekwondoina en obtener una medalla de oro en la Copa del Mundo de 1997 y reuní muchas más. A lo largo de mi carrera como deportista olímpica, de la que me retiré hace 20 años, siempre me sentí muy fuerte. Tenía una energía interior que nadie más veía en las competencias. Jamás usé hormonas, pero desde siempre me sentí un hombre peleando como una mujer.

Durante muchos años tuve que ocultar a ese “él” para poder estar en la selección femenil. Incluso, cuando daba entrevistas y ganaba medallas, muchas personas me consideraban una persona muy femenina, delicada. Yo no lo sentía así. Prefería los shorts y los pantalones, y cuando tocaba usar vestido, tenía que resignarme.

Por eso, cuando llegué a ser integrante permanente del Comité Olímpico Mexicano (COM), en el 2001, se desató una controversia. Todos sabían qué había hecho Mónica del Real, pero todos se preguntaban qué hacía Ricardo del Real. Siempre he honrado a Mónica, pues por ella me reconocen como medallista. Pero eso es parte de mi pasado, no me interesa homologar ese nombre con el de Ricardo.

Ahora, con mi nueva identidad, busqué que me siguieran reconociendo como atleta olímpico y poco a poco demostré que, sin importar el nombre o la orientación que alguien tenga, una persona siempre es la misma La esencia no cambia. Así, con la cabeza en alto, y aunque todavía no transicionaba por completo, exigí lo que siempre he dado: respeto.

Hoy levanto la voz por los hombres trans, para que se les dé visibilidad. Quizá yo no salgo a las marchas con banderas multicolores, no es mi estilo. Lo mío es más de trincheras, donde busco que nos vean y nos reconozcan. Y, hasta ahora, esa es la mejor medalla de mi vida; transicionar con dignidad y ser auténticamente yo. Por dentro y por fuera.

Luisa Almaguer

Inventada, música, directora y locutora del podcast La Hora Trans

Yo soy una inventada. Soy una inventada que no terminó la prepa. Pero reinventarse tiene mucho mérito, así como terminar una carrera universitaria. Me llamo a mí misma así porque, para mí, la palabra “inventarse” implica mucha fuerza y agallas. Nosotrxs nos estamos reinventando constantemente, no solo porque exploramos sin cesar nuestro género y nuestra identidad, sino porque estamos siempre en resistencia. Resistencia frente a un mundo que, prácticamente, te quiere muertx. Cuando yo transicioné, fue muy duro darme cuenta de que las mujeres valemos menos, somos desechables, objetos de acoso. Estamos a la vista de todos todo el tiempo, como si las personas fueran dueñas de nosotras cuando vamos caminando por las calles.

Aguantar el cambio es un ejercicio al que pocxs le entran y que funciona especialmente para todxs los que no caben en una caja, que no responden a la hegemonía. Si lo que nos ofrecen las academias no es suficiente, unx tiene que crear su propia escuela, sus propias maneras de ir tejiendo conocimientos y afectos. No somos estáticxs.

Me tomó muy poco darme cuenta de que en la actualidad no hay suficientes espacios en los que puedas escuchar historias de personas trans, y narradas por sus propias voces. Por eso nació el podcast 'La hora trans' , que es una respuesta desde mi posición privilegiada y consciente del lugar en el que estoy parada, a la necesidad de llenar esos vacíos. Escuchar y escucharme en esos testimonios cambió mi vida por completo; los relatos pueden ayudarte a sanar. Con estos espacios, con el arte y en especial con la música he aprendido a construirme; el cambio es inherente a mí.

Todo va cambiando y transformándose, las preferencias mutan a la par del mundo. No solo para las personas trans; la vida misma se trata de transicionar, de no resistirse al cambio. Mientras más estés preparada para ese cambio, mejor librada saldrás. No quiero ser rígida, quiero seguir emocionándome, sorprendiéndome y haciendo cosas nuevas. Creo que mi transición va a durar toda la vida.

Daniel Nizcub

Poeta oaxaqueño

Mi transición ha durado lo que mi vida misma. Desde los seis años me di cuenta de mi identidad de género. Cuando me preguntaban qué quería ser de grande, yo decía: “un hombrecito”. Mientras tanto, otrxs niñxs decían que astronautas o doctorxs.

Yo tengo herencia zapoteca y mixteca. Mis papás son migrantes, llegaron a la Ciudad de México en la década de 1970. Nací en la urbe y dos décadas después, a mis 12 años, regresamos a Oaxaca, al pueblo de Zaachila. Yo no decidí ser poeta, solo descubrí que sabía escribir, y lo hice como muchxs de quienes se dedican a este oficio: redactando cartas de amor. En aquel entonces yo me creía lo que me decían; que era mujer, así que cuando escribía cartas para otras mujeres, sabía que eso sería tomado como un “acto homosexual”.

Por eso mi transición tomó tanto tiempo. En mi infancia me limité a actuar como decían que tenía que hacerlo; hasta usé tacones y vestido en mis XV años. Me resigné a que no despertaría un día siendo hombre. De cierta forma yo mismo me invisibilicé. Pensaba: “Si ni siquiera sé de casos en México, menos en Oaxaca. “¿Qué va a haber en mi pueblo?”.

Con el paso de los años fui comprendiendo que precisamente Oaxaca, y específicamente la zona zapoteca del Istmo, que está conformada por zapotecos originarios de Zaachila, está marcada por un contexto histórico y cultural de diversidades. Antes de la llegada de los españoles existían muchas identidades que sí eran reconocidas, y eso todavía persiste. Más allá de lo que hemos aprendido del orgullo LGBTTT, la lucha contra la discriminación echó raíces mucho tiempo atrás; una lucha de personas negras, trans, trabajadorxs sexuales.

Esa historia particular me hizo comprender que en mi pueblo, las personas identificadas con esas diversidades realmente forman parte de la comunidad y de las tradiciones; tienen puestos en el mercado, conviven con su gente. Es su pueblo.

Además de eso, en Zaachila, en los primeros días de febrero, se celebra nuestra propia “marcha del orgullo”. En el marco del carnaval del pueblo, como parte de la fiesta de una capilla católica, las personas de la diversidad participan en una comparsa liderada por mujeres trans. Pero también participa la gente del pueblo. Ellos te reciben en sus casas, te acogen y arropan. Saber eso reconforta. Porque eso significa que tu propia gente te aprecia y te acepta. Todos somos parte. Finalmente, a mis 30 años inicié el proceso hormonal, aunque desde los 26 empecé a descubrirme. A pesar del camino sembrado de miedos y dudas, me convertí en el primer hombre abiertamente transexual de mi pueblo.

MI escritura fue tomando un sentido político. Con mis letras empecé a hablar de mi identidad de género con libertad. Mi poemario nació como un proyecto personal; quería grabar cómo se escuchaba mi voz en diferentes etapas de mi transición. Era para mí, para sanar. Después me lo publicaron y, a pesar de que no estaba preparado para decir las cosas que empecé a decir, pude contar quién soy yo realmente y transmitir mi esencia, mi sustancia.

*Este testimonio fue escrito con la ayuda de la periodista Regina Mendoza.