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Revisitando a los hijos

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Las Estrellas te regala en esta Navidad una serie de cuentos entrañables: en esta cuarta entrega, una madre vuelve de EUA para ver a sus hijos

Cuatro años sin ver a mis hijos. Solo las madres que han estado lejos de ellos saben que estar sin un hijo es como estar media viva… o media muerta. ¿Será que eso es lo que me ha vuelto tan refunfuñona? ¿Y si no me reconocen al abrir la puerta? Le formulaba esa y otras decenas de preguntas sin respuesta, recargadas de ansiedad, a una señora de la que me hice amiga mientras veíamos las noticias en la sala de espera del aeropuerto internacional de Phoenix.

La última vez que vi a José, le conté, apenas le empezaban a salir los bigotes, que parecían las patitas de una araña jardinera, mientras que Fidel ya era todo un hombre, y estaba tan enamorado de su novia, de la que ya se separó, que no creo que me recuerde bien. No sé qué me van a decir cuando me vean tan delgada, con las manos llenas de cayos por todas las labores que había hecho para la familia para la que trabajaba en Tempe. Había sido cocinera, alfarera, jardinera, limpiadora de albercas y niñera.

¡Uy!, pensé, no podía mencionarles a mis hijos que tenía dos hijos adoptivos en los "yunited”: Tom y Alec, mis niños. Se pondrían celosísimos y jamás me lo perdonarían.

Pero bueno, al final les llevaba artefactos gringos esplendorosos que ni yo misma entendía para qué servían, pero Juan, el chófer de los Miller, me ayudó a elegirlos aconsejado por su hija, una “adicta a esas cosas de pantallas”. Es más, ni siquiera podía pronunciar aquellos nombres. También les llevaba un par de lociones que el señor Andrew, mi patrón, me había regalado porque dijo que olían a joven y él ya estaba demasiado viejo.

"All the passengers on flight 234 to Culiacán please board on gate 9”, me interrumpió una de las señoritas de traje azul y gorro sin forma definida.

Desde que me subí a ese avión, mi corazón empezó a latir y mis manos empezaron a sudar. Porque no sabía qué me dirían mis hijos al llegar a casa. Durante todo el vuelo me la pasé recreando sus voces en mi cabeza, una voz madura y áspera y la otra voz de adolescencia, lo único que tenía de mis hijos además de las fotos de pésima calidad que me mandaban de vez en cuando. No era que sus cámaras no funcionaran bien, sino que mi celular tenía una ínfima pantalla. Las várices de mis piernas, de pronto, se convirtieron en pequeñas lombrices de fuego, sentí un ardor en el estómago y, sin poder controlarme, me puse a llorar en la fila 12, asiento B, del vuelo de Southwest Airlines.

Descendí, me trepé a un taxi comunal y llegué a casa. Así, sin más. Al tocar la puerta, ese llanto me vino de pronto otra vez. Cuando esta se abrió, la puerta que yo recordaba de madera y que ahora estaba recubierta con reja, un hombre fortachón se me quedó viendo. Detrás de él, sosteniendo una canasta repleta de tulipanes, otro joven más alto que él me sonrío como quien le sonríe a un perrito en la calle. Nos quedamos viendo por espacio de dos minutos y después nos abrazamos durante otros siete, o quizá fue una hora. Lloramos sin parar y durante las siguientes seis horas, solo hablamos de ellos, de mi vida allá y de lo mucho que les hacían falta mis abrazos y mis romeritos.

Ellos me esperaban con flores, con un pavo gigantesco y con regalos inmensos debajo del arbolito. La vida tuvo sentido de nuevo; ellos también habían contado cada minuto para verme de nuevo. Y de pronto, no estaba ni medio viva ni medio muerta: estaba completamente viva. Estados Unidos podía esperar, el sueño americano estaba en casa con mi familia en Navidad.

*Ilustraciones: Sheila Galicia.