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Por qué amarme a mí misma ha sido tan retador: Michelle Renaud

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“En un sueño alguien me decía ‘tienes veneno en el pecho’”. Así fue como hace un año decidí quitarme mis implantes de seno

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He descubierto que vivimos en un mundo en el que la clave para todo es el amor propio. Ese que te da la seguridad de ser quien eres y como eres, el que te impulsa a lograr tus metas, a poder verte en el espejo y estar agradecido de ser tú mismo, el que te da valentía y te ayuda a sumar, siempre sumar.

Así comienza mi historia: cuando era pequeña, mi mamá se operó el busto. En su momento no lo cuestioné, simplemente lo di por hecho: mi mamá estaba “ operada ”. Pero entrando en la pubertad mis senos me empezaron a causar mucha inseguridad. Poco importaba si eran proporcionales al resto de mi cuerpo, lo que yo sabía era que mi mamá tenía las bubis grandes, que cada vez que prendía la televisión lo que veía eran mujeres “chichonas” y que entonces yo, que era plana, no tenía lugar entre las mujeres guapas.

Empecé a usar relleno siempre que salía de casa, incluso me llegue a lastimar, utilizando unos trajes de baño que me aplastaban los pechos, para que la poca grasa que tenía creara la ilusión de lo que llamamos un “buen escote”.

Hice hasta lo imposible por convencer a mi papá de que me operara y siempre se opuso. Quizá porque él era más consciente de la lucha que emprendía mi mamá: la cicatriz en forma de ancla de su propia operación nunca sanó bien y siempre tuvo dolores muy fuertes, aún después de una segunda cirugía para corregirla. Cuando uno de sus implantes explotó y se le detectó cáncer de mama, perdió el pecho izquierdo y el pezón, pero no el implante. En parte, porque siempre estuvo dispuesta a hacerlo todo con tal de no quedar “plana”, pero sobre todo, porque los doctores siempre le dijeron que el implante no era dañino.

Poco después empecé a trabajar en televisión, ese lugar donde muchas tenían cuerpos perfectos, gracias a los procesos quirúrgicos a los que se sometían, así que decidí que era hora de empezar a ahorrar. Pronto cumplí mi sueño: ¡logré operarme las bubis!

Fue un proceso muy doloroso, no solo física sino emocionalmente, en especial la recuperación. Los primeros meses lloraba en silencio cuando me veía, sentía horror de lo que le había hecho a mi cuerpo. Pero todo eso quedaba en el olvido cuando disfrutaba de mis nuevos senos. Como no me había puesto una talla tan grande, podía decir que eran naturales (quizás así intentaba convencerme de que nada había pasado).

Pensé que así por fin me iba a sentir más segura de mi misma, pero no, mis inseguridades no desaparecieron, sino que simplemente se movieron a otras partes de mi cuerpo: ahora me obsesionaban mis piernas o mi abdomen, que si no estaba plano y marcado… No importaba cuánto trabajo hacía para modificarlo, siempre tenía algo negativo que decir sobre mi cuerpo.

Con el tiempo, sin embargo, empecé a presentar síntomas raros: tenía mucho acné, la piel cubierta en manchas blancas, se me caía el pelo; me salían moretones de la nada en las piernas; me mareaba muy fácilmente al levantarme de la cama o si veía paredes blancas –lo sé, algo rarísimo–. Tenía una colitis persistente y terrible... Me hice estudios de sangre y todo salió normal, así que sin buscar más, simplemente decidí que debía aprender a vivir con ellos.

Así pasaron ocho años, ocho largos años con los implantes, durante los cuales me había convertido en mamá y además había amamantado. Me había llenado de un acné que ningún dermatólogo me podía curar, ni con las medicinas más agresivas. Entonces una amiga me recomendó a un cirujano “estrella” de esos que se anuncian en todos los programas de televisión. Acudí con él para que me tratara el acné, pero cuando me estaba revisando, me preguntó si tenía implantes. Al confirmárselo me revisó los pechos y se dio cuenta de que me faltaba uno.

¡¿Cómo?! No podía creer lo que me decía. Los dos pechos se veían y se sentían del mismo tamaño, era imposible. Pero en efecto, bajo mayor inspección, en uno se sentía el implante y en el otro, nada. El doctor me propuso volver a operarme y ni siquiera lo pensé. Después de la nueva operación todos los síntomas y molestias se detuvieron unos cuantos meses, pero regresaron con más fuerza. Los nuevos implantes nunca se terminaron de acomodar, tenía un pecho más arriba que el otro y además me dolían, no solo los senos, también el esternón. Por su parte, los demás síntomas se potencializaron.

Me cuesta trabajo creer que un experto de la salud, y más un doctor estrella como este, no me haya dicho que los implantes eran los causantes de todos mis malestares físicos –¡y lo más fuerte fue que cuando más tarde me los quit´é supe que tenía silicón regado en el pecho y no lo removió cuando me cambió los implantes!–. Su inexperiencia y mis malestares realmente hicieron que comenzara mi b´usqueda por saber qué era lo que sucedía con mi cuerpo.

Un día mi exnovio, de lo más casual, me preguntó: “¿por qué no te los quitas?”. Casi me da un infarto. No solo por la sugerencia en sí –¿volver a ser plana?–, sino porque por primera vez contemplé la posibilidad de que a él, aún siendo hombre, no le pudieran importar el tamaño de mis senos. Los ignoré por completo, a mi novio, al dolor y las molestias con las que llevaba tantos años, hasta que un día tuve un sueño que fue una revelación: alguien me decía: “Tienes veneno en el pecho”.

Entonces me puse a investigar y por primera vez me encontré con el término “Breast Implant Illness” (Enfermedad por Implantes Mamarios), una enfermedad que, después de leer los síntomas, me di cuenta que posiblemente yo tenía y que probablemente era la culpable del acné, de los mareos, de las manchas blancas de mi cuerpo, de la colitis y la caída del pelo. Lo supe en ese instante: me tenía que quitar los implantes.

Lo único que ya me importaba era mi salud, de pronto me golpeó una idea: Y si mi mamá no hubiera tenido implantes, ¿todavía estaría viva?, ¿todavía estaría aquí conmigo? Con eso bastó.

Sabía que no había nada que justificara arriesgar la vida de la mamá de mi hijo, Marcelo. ¿Qué tipo de ejemplo le estaba dando a mi hijo?, ¿y si algún día tenía una hija, qué le estaba enseñando?, ¿poner la estética por encima de la salud?, ¿la aprobación de los demás por encima del amor propio?, ¡jamás!

Después de una gran búsqueda en internet y gracias a cientos de testimonios de mujeres en redes sociales conocí a mi cirujano, el Dr. Rodrigo Morales de la Cerda, quién me realizó la explantación, (proceso por el cual te retiran los implantes mamarios). Con la operación me curé del Breast Implant Illness que silenciosamente vivía en mi cuerpo. Lo hice con la seguridad de que era lo mejor para mí y para mi hijo, y con el apoyo incondicional de mi pareja.

Un año más tarde, puedo reconocer, aunque jamás lo imaginé, que ese acto de amor propio fue recompensado enormemente. Hoy puedo decir que me encantan mis pechos “planos”, que son perfectos para mi cuerpo (Dios no se equivoca, los humanos sí), que por primera vez me siento completamente segura de mi cuerpo en todos los aspectos, y que, a veces incluso, me cacho modelando frente al espejo desnuda, sin nada negativo que decir al respecto.

No me puse los implantes por mí, ahora lo sé. Sé que fue por los demás. Pero otra cosa que también he descubierto después de todo este proceso es que, la verdad, los demás ni siquiera se fijan tanto en esas cosas. Mi novio me ve con el mismo amor y deseo que antes, e incluso ahora recibo más cumplidos que nunca, porque si me veo bien o mal nada tiene que ver con el tamaño de mis pechos, sino con la seguridad con la que me desenvuelvo.

A veces me entristece haberme hecho esto a mi misma. Haberme expuesto a los riesgos de tres cirugías; haber aguantado los síntomas de la enfermedad por implantes mamarios por 9 años. Todo en el afán de sentirme aceptada por los demás. Pero luego me acuerdo que gracias a esa experiencia también aprendí una lección invaluable.

Gracias a eso puedo compartirle a mi hijo y a ustedes, que me están leyendo ahorita, todo esto que viví y lo que ahora creo: que somos perfectos así como somos, que tenemos derecho a sentirnos seguros y ser felices con nuestros cuerpos. Que podemos alzar la voz contra todo el que, en el afán de manipularnos, de hacernos consumistas y complacientes, diga lo contrario. Que podemos deshacernos del photoshop y de los filtros que nos llenan de inseguridades, que podemos unirnos, en un ejército de personas felices, que se aman a sí mismas y que dicen: “¡Basta!”. Unirnos para que nunca, ninguna, vuelva a poner la estética, por encima de su salud.

El amor propio es la clave –y la “planés” es hermosa–.

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