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Los niños intentaron robarme mi lugar

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Las Estrellas te regala en esta Navidad una serie de cuentos entrañables: en esta segunda entrega, el relato de alguien que revalora a la familia.

Hasta que llegué a la adolescencia, mi sueño más grande fue ser estrella de televisión. Siempre me imaginé participando, para empezar, en comerciales de comida congelada, y poco a poco, mi carrera se iría inflando hasta que yo apareciera en producciones gabachas, retratado como un gran deportista o como un comediante.

Pensaba en eso y en todos mi sueños truncos bajo la sombra de la palma de la casa de Cuernavaca mientras confirmaba que, tal como decía madre, el cielo de diciembre sí tenía un tono azul muy particular, el color de la nostalgia. Con mi olfato prodigioso detecté de inmediato que Esteban se había puesto a regar los arbustos del jardín y minutos más tarde, el olor a ponche y pastel de frutas me conmovió; era el aroma definitivo de casa de los abuelos.

Pensaba también en todos los catálogos de ropa en los que nunca aparecí cuando un sopor me asaltó de pronto y opté por recostarme de lado y pensar en los regalos que obtendría esta Navidad . ¿Un gorrito de Santa Claus? ¿Un suéter de renos?

Un grito despavorido me despertó, era madre y le gritaba a Ana y a Elena, a quienes perdió de vista, supuse, por un lapso no mayor a 2 minutos. Antes del drama, decidí ayudarla en la breve búsqueda, que terminó cuando las encontramos hurtando en el clóset donde habían escondido bolsas de regalos y los dulces para la piñata. Ana se reía a carcajadas y huyó de ahí con un chocolate inmenso, mientras que Elena apenas y podía sostener una canasta navideña con su pequeña y rosada mano. "Un clásico", pensé.

Y de pronto me cayó de golpe la realidad; siempre que salíamos para Cuernavaca en Navidad yo pasaba a segundo plano, me convertía de pronto en un sofá o un banco.

Poco después, bajamos todos a cenar y comprobé que nadie me veía, todos estaban absortos en los pequeños y novatos integrantes de la familia y los que ya se habían hartado de ellos escuchaban, como hipnotizados, el relato de Mariela, que recién regresaba de España y contaba con desdén que los lujos no habían parado. Cuando lo solicité, apenas me voltearon a ver para pasarme un poco de bacalao.

Cuando inició el intercambio de regalos, un ritual religioso que se seguía con las instrucciones de madre al pie de la letra, supuse que todo cambiaría y que los tributos y felicitaciones no cesarían. Pero tampoco fue así, todos los obsequios, de nuevo, terminaron en las minúsculas manos de los recién llegados al mundo. No podía de la tristeza. ¿Quiénes eran ellos? ¿Por qué los chiquillos y bebés eran, de pronto, mucho más importantes que yo?

Devastado, decidí alejarme e irme de nuevo a echar bajo la palma a masticar algunas cañas que habían sobrado del ponche. Pero antes de salir de la casa me llamaron: “Bruno, ven aquí”. Me acerqué sigiloso, y al llegar a un costado de Elena, ella me acarició el rostro, balbuceó un par de palabras que no logré descifrar y me entregó un obsequio; un enorme hueso suculento. Y era de los buenos, de los que compraban en los grandes almacenes, con sabor a carne. Y madre, por su parte, me acercó una cama que se me antojó suave y deliciosa.

La Navidad tenía sentido de nuevo, corrí por todos lados como loco, le lamí las caras a todos por igual y entendí que jamás perdería mi lugar, porque aunque tuviera principios de cataratas y estuviera lleno de canas ya, yo alguna vez había sido el cachorro de la casa, el favorito; seguía siendo un integrante de la familia. Un perro que nunca llegó a figurar ni en las bolsas de croquetas.

*Ilustraciones: Sheila Galicia.